miércoles, 27 de octubre de 2010

El Río de Edinar

El río de Edinar

La tristeza abundaba en aquel oscuro bosque, Althariön era el único que estaba allí. Ah, pero no me crean mal de él, a pesar de estar solo, ir cargado de un escudo y una daga, tener la capucha cubriéndole casi toda la cara, llevar botas de guerra, y cota de malla, él no era un guerrero, ni un héroe, ni lo opuesto a un héroe. ¡No! Él estaba allí por una razón completamente diferente a la aventura. Althariön buscaba algo, algo que había perdido hacia poco tiempo… Su amor.
«No debería ser así» decían los de su pueblo «El espantoso hecho de que su esposa haya muerto no debería afectarle» comentaban. «Es un hombre ¡Por Edinar!». Todos aquellos que decían, comentaban, y criticaban a Althariön eran demasiado ignorantes, o fríos. En vida, Jessica había sido posiblemente la mejor mujer del pueblo, hermosa, inteligente, trabajadora, y especial. Con unos ojos celestes como el cielo, y con un cabello castaño y brillante, que, incluso los elfos —criaturas de belleza inigualable— hubieran admirado, e incluso, amado. Él y ella se habían conocido en el mar de Agaroth, un lugar en el país de Sheldra, al Oeste de Midgard. Se conocieron por casualidad en una taberna donde vendían la mejor Cerveza de Raíz de Árboles Elficos, y donde cultivaban el mejor tabaco. No les daré mucha información sobre esto, en cambio, continuaré con la travesía de Althariön al inhóspito río de Edinar, una supuesta conexión de Mundos, entre Midgard y Asgard, allí, donde tenía planeado encontrar a Jessica.
Poco había dormido, y menos comido —agua no le faltaba—, todo para llegar antes a aquel misterioso, y tal vez fantasioso río. «Intentarlo es lo mejor» se decía «Todo por Jessica ¡Todo por ella!».
Parecía más un pantano que un bosque, sin embargo, a pesar del cielo cubierto de nubes, y neblina que cubría la vista en la tierra, del espeso lodo, y la negrura en los troncos de los árboles, ese lugar era un bosque. Era negro, oscuro, y húmedo, pero eso siempre se encontraba cuando uno se acercaba al Mundo Etéreo, El Mundo de los Dioses. El Mundo de Edinar.
Se mantuvo caminando por horas, ensuciándose de barro sus botas y ropajes con cada paso que daba. El paisaje no parecía cambiar, todo era negrura, tenía hambre, sueño, estaba sediento, y muy cansado. Tal vez si, era cierto, no valía la pena… Pero no podía detenerse, no ahora, no tan cerca. Él lo sabía, estaba cerca, «Demasiado cerca» pensó, al tiempo que cerraba sus ojos encandilado por la gran luz azul que brilló frente suyo, justo en medio de dos grandes robles.
Cuando aquella luz le encandiló sus ojos, se detuvo asustado «¿Qué es?» se preguntó. Quería acercarse, quería saber qué era esa cosa. Pero… El miedo se lo impidió… Lo paralizó, entumeció. Al menos eso en los primeros segundos. Un gran sentimiento de paz estalló desde su espina dorsal hacía todo su cuerpo, otorgándole seguridad, una que jamás creyó posible. Aspiró el aire, y comprendió que había sucedido. Azahar, la flor preferida de su difunta esposa, y también aquella fragancia a la que su cabello siempre despedía. Azahar, la flor del naranjo, aquella fragancia que inundó el lugar.
Althariön caminó pasando entre esos dos robles de tronco negro. Cunado sus ojos se habían acostumbrado a la fuerte luz, pudo entender, que no había luz, en realidad… Pasando tres días y cuatro noches en completa oscuridad, la luz del sol reflejándose en las azules aguas del gran río, era algo —prácticamente— nuevo para él. Ni yo puedo expresar con claridad lo que vivió él en la gran oscuridad, horrible, eso es seguro. Aunque tal vez alguien que haya cruzado el bosque —como mi hermano— si podría.
Tras de sí, el oscuro Bosque de los Errantes se hallaba, negro como siempre. Se quitó la capucha, descubriendo su rostro a la luz del sol de mediodía, disfrutando del calor del Este, y aún con el ambiente algo caliente, el Oeste —a su derecha— regalaba una fresca brisa, que ayudaba y tranquilizaba a Althariön. Abrió los ojos, sus oscuros ojos, sus rotos labios, todo se torció, se volvió más triste de lo que estaba… Frente a sí, un gran y verde campo se abría paso por varias millas hasta parar en una gran cadena de montañas. Pero, antes de todas aquellas flores, aquellas gigantes montañas, y antes de que las No visibles —desde ahí— Ruinas del Castillo de Gárendör el Valiente (fallecido en la Hoja del Rubí según Yggdrasil —500 años antes—), mucho antes de ello, estaba el río. «¡Por Fin! El río legendario de Edinar» se dijo internamente, pero… algo más cruzó su mente a parte de la alegría.
¿Dónde estaba Jessica?
Las instrucciones eran correctas, allí debería estar el pase a Asgard, donde, supuestamente, podría encontrarse con ella.
Se quito la capucha, el escudo, y lanzó la daga al suelo, dejándola clavada en tierra a orillas del río. Se acercó a este, y comenzó a patearle y escupirle mientras maldecía a los dioses, las leyendas, y demás. Todo para después echarse a llorar a orillas del río.
—¿Por qué lloráis, hijo de Adán? —preguntó una voz claramente femenina, y también muy bella. Lentamente, él levanto la cara, no vio a nada, ni a nadie, pero aun así respondió:
—He cruzado guerras, el país entero, el continente ¡Todo en busca de mi amada! —sollozó unos segundos para luego decir con al voz completamente rota, y ahogada por el llanto, apenas entendible—: …Pero no esta…
— ¡Oh, mi querido Adán Althariön! —Exclamó como sufriendo su dolor igual que él—. No busquéis más, la has encontrado —la cara de Althariön se mostró incrédula al respecto—, mi nombre es Yanía, diosa de las penas, el sufrimiento y el amor. Te llevaré con Jessica, al otro mundo, donde la primavera brilla siempre. Allí pasaras la eternidad con ella ¿Lo deseáis de verdad?
El rostro marchito de Althariön se mostró jovial y alegre por primera vez en un año. Se puso de pie, y se arrodillo ante el río, luego dijo de la misma forma de la que se decía a un rey, hincado, con una rodilla en el suelo, apoyando sus brazos en la otra y con la cabeza gacha, con los negros cabellos cayendo sobre su cara: —Os pido que me llevéis con ella ¡Tomad mi alma, mi cuerpo…! ¡TODO!... Y… Os ruego que me lleven —rompió en lagrimas nuevamente. Cuando iba a hablar nuevamente, unas tiernas y tibias manos hicieron que levantase el rostro.
Aquellos celestes ojos revivieron a Althariön, era Jessica. Ella emanaba una luz propia y brillante, sus rojos labios y sus ojos resaltaban entre la luz, pero no de forma oscura, sino, colorida. Se puso de pie, mientras la veía y caminaba entrando en el río.
Pronto, Althariön empezó a emanar su propia luz. Su rostro pareció de pronto el de un hombre joven. La descuidada barba se fue, y las arrugas y ojeras del estrés desaparecieron. Ya estaban ambos en medio del río con el agua hasta el estomago, con la suave corriente rompiéndose ante ellos. Los ropajes de Althariön, pronto se transformaron en una tunica blanca, muy parecida a la que su amada llevaba puesta.
—Te amo Jessica Urwen —dijo Althariön al tiempo que ella besaba sus labios, transformándose ambos en dos esferas de luz que viajaron hasta el cielo, pasando los limites azules, y fundiéndose ambos. Llegando al fin a Asgard, donde los Dioses les dieron un lugar en el universo, transformándolos en estrellas.
Donde su amor siempre brillará

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