Desde hace cientos de años, se ha conocido por pocos el Continente del Cielo, un lugar que flota en el viento, muy cerca de los limites azules, y de donde proviene una gran variedad de historias.
Yo les contaré una de ellas, una de cierto Dragón de nombre Zaderö, un Dragón astuto y codicioso, de gran inteligencia y longevidad incontable. Buscaba siempre apoderarse de reinos gigantes, y tesoros incontables. Pues, en su codicia, un día decidió ir en busca del tesoro más grande del Continente del Cielo, «El Cristal de Lasdárä» Éste se encontraba en una de las fortalezas más poderosas de todo el Yggdrasil, un reino del que se desconoce su nombre, pero que en los escritos, leyendas, y runas de miles de años, se le reconoce como «El Reino Perdido».
Una noche de uno de los inviernos más azotadores del continente, el Dragón, puso a marcha su plan. Entre los bosques cercanos al reino, se escondió, y espero a que las luces del castillo se apagaran para que entrase, y destruyese todo a su paso. Y así lo hizo, una vez que en el castillo las velas y las antorchas dieron su fin, Zaderö surgió entre las sombras de la noche, y con su gran cola destruyó la muralla que daba comienzo a la ciudad principal. Entonces, entró haciendo grandes destrozos y con su aliento de fuego azul quemó a todo la ciudad. Rápidamente, Elfos y Enanos fueron al ataque, mientras los humanos, en su cobardía, huían del lugar. Solo aquellos que a la muerte no temían se quedaron a luchar contra la muerte, pero en fin… La voracidad, y codicia de aquella criatura fueron los vencedores, y el Eitr de las vidas se alejo de los cuerpos de aquellos valientes.
«¡Huid!» Gritó el rey. Y toda vida salió del lugar, huyendo hacía quien sabe donde. Pero él no se despidió de su reino, pues en éste estaba aquel regalo de los dioses, y su codicia era tan grande como la del Dragón.
—¿Queréis en verdad arriesgar tu patética vida por una cosa tan pequeña como lo es ese cristal? —preguntó el Dragón al rey.
—¿Acaso quieres vértelas conmigo? —preguntó el Rey—. ¡La furia de los dioses caerá sobre ti si te robáis mi tesoro!
El Dragón rió a carcajadas tan fuertes, que hicieron sangrar los oídos del rey.
—Dudo que los dioses me maldigan mucho más de lo que ya me he maldecido yo.
—Te reto a un duelo, así como Arturo pudo vencer a un Dragón el solo, yo puedo vencerte a ti, criatura demoníaca.
El Dragón acepto.
Y en un santiamén, Zaderö se tragó al rey, y tomó el tesoro del reino, y lo colgó en su cuello como una dama cuelga medallones en si misma. Y así pues, Zaderö el Dragón quedó maldito por toda la eternidad, pues su inmortalidad se desvaneció, y solo podía mantenerse vivo durante una hora fuera del reino, y toda su vida debía mantenerse dentro de este… ¡Ay, que pena por él! Pues su espíritu quedó preso, y sus tesoros perdidos.
Si bien, desde entonces se encuentra a la espera de aquel que le liberará de su horrible opresión.
Yo les contaré una de ellas, una de cierto Dragón de nombre Zaderö, un Dragón astuto y codicioso, de gran inteligencia y longevidad incontable. Buscaba siempre apoderarse de reinos gigantes, y tesoros incontables. Pues, en su codicia, un día decidió ir en busca del tesoro más grande del Continente del Cielo, «El Cristal de Lasdárä» Éste se encontraba en una de las fortalezas más poderosas de todo el Yggdrasil, un reino del que se desconoce su nombre, pero que en los escritos, leyendas, y runas de miles de años, se le reconoce como «El Reino Perdido».
Una noche de uno de los inviernos más azotadores del continente, el Dragón, puso a marcha su plan. Entre los bosques cercanos al reino, se escondió, y espero a que las luces del castillo se apagaran para que entrase, y destruyese todo a su paso. Y así lo hizo, una vez que en el castillo las velas y las antorchas dieron su fin, Zaderö surgió entre las sombras de la noche, y con su gran cola destruyó la muralla que daba comienzo a la ciudad principal. Entonces, entró haciendo grandes destrozos y con su aliento de fuego azul quemó a todo la ciudad. Rápidamente, Elfos y Enanos fueron al ataque, mientras los humanos, en su cobardía, huían del lugar. Solo aquellos que a la muerte no temían se quedaron a luchar contra la muerte, pero en fin… La voracidad, y codicia de aquella criatura fueron los vencedores, y el Eitr de las vidas se alejo de los cuerpos de aquellos valientes.
«¡Huid!» Gritó el rey. Y toda vida salió del lugar, huyendo hacía quien sabe donde. Pero él no se despidió de su reino, pues en éste estaba aquel regalo de los dioses, y su codicia era tan grande como la del Dragón.
—¿Queréis en verdad arriesgar tu patética vida por una cosa tan pequeña como lo es ese cristal? —preguntó el Dragón al rey.
—¿Acaso quieres vértelas conmigo? —preguntó el Rey—. ¡La furia de los dioses caerá sobre ti si te robáis mi tesoro!
El Dragón rió a carcajadas tan fuertes, que hicieron sangrar los oídos del rey.
—Dudo que los dioses me maldigan mucho más de lo que ya me he maldecido yo.
—Te reto a un duelo, así como Arturo pudo vencer a un Dragón el solo, yo puedo vencerte a ti, criatura demoníaca.
El Dragón acepto.
Y en un santiamén, Zaderö se tragó al rey, y tomó el tesoro del reino, y lo colgó en su cuello como una dama cuelga medallones en si misma. Y así pues, Zaderö el Dragón quedó maldito por toda la eternidad, pues su inmortalidad se desvaneció, y solo podía mantenerse vivo durante una hora fuera del reino, y toda su vida debía mantenerse dentro de este… ¡Ay, que pena por él! Pues su espíritu quedó preso, y sus tesoros perdidos.
Si bien, desde entonces se encuentra a la espera de aquel que le liberará de su horrible opresión.