Sus ojos no mostraban compasión alguna. Sus labios no tenían culpa, y sus pensamientos no tenían ningún remordimiento.
Apretó su mano en el volante. Estaba impaciente, eso sí.
Miraba impaciente aquella casa, no, aquella mansión de grandes dimensiones, pintada de blanco, con un gran jardín lleno de plantas. Esperaba el momento en el que el caos zumbaría y el terror se plantaría en la calle.
Y así, como el día cede a la noche, la paz cedió ante el sufrimiento.
La mujer salió corriendo desesperada de la casa, gritando y llorando, con su hijo entre los brazos, entre tremendas convulsiones.
“Ayúdenme, se mere, se muere! ¡¡AYUDA!!” gritaba. Hasta que su hijo dejó de moverse.
Una sonrisa se pintó en sus asesinos labios.
Ojo por Ojo, Diente por Diente